No creo en el destino. Me niego a pensar que todo está pensado y planeado. Impetuosamente creo en la buena o mala suerte de las coincidencias. Siempre he pensado así aún cuando visitaba semanalmente una iglesia, ya hace tiempo.
Al encontrarnos con alguien, no me cuesta demasiado empatizar con la persona, ponerme en su lugar y pensar que puede que lo esté pasando mal, justificando alguno de sus actos, ya sean buenos o malos. Por lo tanto, me cuesta juzgar de buenas a primeras una acción que vista objetivamente podría acusarse de tendenciosa y malintencionada. Lo mismo me ocurre con los animales. Si muerden, o ladran, o te asustan, me acojo al instinto, al hambre o a la educación que han recibido.
Hoy en día esto no ocurre con frecuencia. La insensibilidad está instaurada en las personas al mismo nivel que la hipocresía y los intereses. Los medios de comunicación, la política, el sensacionalismo, el aumento y tipo de delitos o la corrupción están acabando con la inocencia de la juventud. Las buenas intenciones. Todas las personas ya no son buenas por naturaleza, sino que los lobos abundan por encima de los justicieros. Esto se va aprendiendo con el tiempo, a través de golpes y desilusiones con las personas.
No pondré excusas. Podría alegar oscuridad y que no lo había visto. Se podría aludir a la prisa que tenía, a lo oscuro de la calle y que no era un lugar apto para detenerse. También podría sentir inseguridad ante alguna enfermedad que me podría transmitir al pertenecer a la vida de la calle, los contenedores y la intemperie. Pero no voy a justificarme. No me detuve.
Una noche, ya tarde para mí, en una calle de doble sentido separada por una mediana, se encontraba un gato moribundo, probablemente recién atropellado. Iba conduciendo y reduje la velocidad para ver qué era. Un gato negro y blanco, clamando ayuda, indefenso. Se debatía entre maullar por algún apoyo y tiritar por el dolor, encogido en su agonía. Miré varias veces, casi detuve el coche para observar si verdaderamente era un gato. Se veía desvalido, inocente, desorientado, temeroso y dolorido. Al dejarlo atrás miré varias veces también por el retrovisor, dudando si dar la vuelta en la rotonda cercana, parar, llevarlo a casa y cuidarlo. Pero aparecieron las dudas. En otro tiempo, seguramente no habría dudado un segundo. En otro tiempo, habría parado, me habría bajado del coche a toda prisa dejando la puerta abierta en medio de la carretera, sin importarme, lo habría recogido y metido en el coche y me lo habría llevado a casa para curarlo y darle de comer. Estoy seguro.
Recorrí unos kilómetros pensando en el gato, poniéndome en su lugar, intentando sentir la inseguridad y el miedo que seguro tenía. Me sorprendió la poca dificultad que experimenté para conseguirlo. Pero no me detuve. La insensibilidad actual se apoderó de mí. "Es un gato, probablemente a los pocos minutos me olvidaré de él". Y es así, una llamada telefónica, un encuentro con un amigo, una conversación y se olvida la sensación de culpabilidad, amparándonos en cualquier excusa. Esto ocurre en el día a día. Cada cual a lo suyo. Los encuentros son puras coincidencias, y cada uno/a sigue su camino sin detenerse ante las desgracias ajenas.
La insolidaridad es un mal al que todo el mundo tiene opción, sin que nadie pueda recriminárselo, pero que cada uno/a puede recriminarse a sí mismo.
