Hace unos años salía en la tele hasta la saciedad un fragmento de una comparecencia de Aznar ante los medios en los que agregaba y enfatizaba que España iba bien, cuando la realidad social era bien distinta, era desmoralizadora y descorazonadora. Estábamos hartos de que nuestros políticos y políticas pasaran de nosotros y de nosotras. No atendían a la verdadera realidad, enfrascados y recauchutados en promesas a corto plazo, luego a largo, y por último, promesas incumplidas. Esa sociedad política, casi aristocrática (o más bien, que se cree) superior a la gente de a pie. Ahora vemos cómo las políticas sociales, ayudas varias y una idea de atención a la ciudadanía se ha apoderado de la sociedad. Pasa algo, llama al Estado. Te secuestran, llama al Estado. Se te rompe el calzoncillo por esconder unas monedillas para ahorrar, llama al Estado. Ya lo comentaba Pérez-Reverte unas semanas atrás. Ahora todo el mundo pide ayuda al Estado. Lo malo fue la gestión, y se están viendo los resultados. Ayer, Zapatero ante sus ahijados: “No estamos peor que hace seis meses”. O sea, que España va mejor. Algo parecido, y que afortunadamente está dando qué hablar por ahí. Hacen bien. Todas estas sentencias políticas más o menos condescendientes, tomadoras de pelo de ciudadanos y sin fundamento lógico, lo que vienen a decir es: “Seguimos tirando para adelante hasta que nos echen y ya no haya demasiada capacidad de respuesta. Y tal vez en ese momento, reconozcamos que nos equivocábamos en las decisiones tomadas. A pringar, conciudadano”. Debemos de dejar atrás un sentimiento que por aquí por Galicia abunda mucho. Me refiero a ciertas actitudes pelotilleras para con los políticos de turno que nos representan en los ayuntamientos. Es decir, ese o esa pelota que besa el suelo que pisa el alcalde o la alcaldesa, que ríe gracias injustificadas, con esa sonrisa bobalicona, como quien está delante de un niño de 3 años. Ignorantes. Deberían hacernos la pelota ellos, los políticos, a nosotros. Dejarse de tonterías, invitar a unas cañas, reírnos un rato y contarnos sus propuestas en el bar, en la farmacia, en la peluquería, matarnos la cabeza con ideas, ilusiones que tengan, decisiones, comentarios de plenos, etc. Pero no lo hacen, y así nos va, seguimos tiritando de frío político e inhumano. Sigamos dándole de comer, vamos, y aún encima, hagámosles la pelota. Dejad que todos mamen de mí.